*Aclaro de antemano, por si acaso, que esto es un relato fruto de la ficción.

Cuando tenía 14 años, formé parte de una banda de neonazis durante un tiempo. No me preguntéis cómo, porque aún no sé cómo fui a dar con mis huesos ahí, entre aquellos tíos. Preguntadme, si queréis, el porqué.
Si lo hacéis y tenéis tiempo, os hablaré entonces de Rafa (RM, a partir de ahora). Respecto a él, os podría describir “lo oficial e indiscutible”: al cuarentón, líder de una banda de muchachos descerebrados; al psicópata, delincuente y aficionado a ciertas drogas. Pero prefiero contaros mi versión personal e inédita de esta historia.
Para empezar, RM trabajaba como camarero en un bar y siempre, aunque fuese verano, llevaba camisa de manga larga, para que los clientes no viesen sus tatuajes. Era un tío culto, pese a todo; se sabía el Mein Kampf de cabo a rabo, así como cada plano de cada película de Riefenstahl. No era de esos que defienden algo que luego no saben siquiera cómo se escribe.

La primera vez que lo vi, mi colega Juan y yo estábamos en el parque del barrio, cerca del instituto, fumándonos a medias un cigarrillo.
De repente vimos a un maromo rapado acercarse y nos quedamos de piedra.

  • RM: ¿Qué edad tenéis vosotros? – Juan, que era más lanzado que yo, se puso en plan chulito.
  • Juan: ¿A ti qué más te da, viejo? – RM sonrió.
  • RM: Muy gallito, sí, pero seguro que no tienes ni pelos en los huevos y ya estás con un cigarro en la mano. Puto crío…

Juan se quedó callado. RM me miró fijamente. Sentí una fascinación extraña ante aquel hombretón. No sé qué se le pasó a él por la cabeza, pero me sonrió.

  • RM: pasad por aquí el viernes a las 21h, si es que vuestras madres os dejan salir, y veréis lo que son hombres de verdad, no niñatos como vosotros.

Y se fue.

  • Juan: Sí, claro – dijo dando una calada- voy a ir a que me dé por el culo el puto nazi éste…
  • Yo: Venga, tío, no vayas de chulo que estabas acojonao.

Obviamente no íbamos a ir. No obstante, no sé qué fue lo que me instó a mentirle a mi madre, para que me dejase salir hasta las 22h aquel viernes. Me dejé caer por el parque y ahí estaba RM, aunque vestido de forma distinta, con una chaqueta estilo militar y botas negras altas. Estaba rodeado de chavales no mucho mayores que yo; todos rapados y vestidos de forma similar.

  • RM: ¡Hombre! – se acercó a estrecharme la mano, tras ver que iba hacia ellos – ya sabía yo que el que tenía huevos eras tú y no el maricón de tu amigo. Yo me llamo Rafa y estos zarrapastrosos de aquí son “mi panda”.

Y así empezó todo. Desconozco qué vería RM en mí, pero comenzó a tratarme de forma especial. No dejó que me rapase, ni que probase las drogas, como los demás. Si suspendía algún examen, me daba un bofetón.

  • RM: ¡Tienes que estudiar, imbécil!

Siempre me retaba a ir a más. A superarme. Si sacaba un 9, me picaba para que en la próxima sacase un 10. Pero no sólo con los exámenes. Solía preguntarme si había colaborado en casa y si había tratado bien a mi madre; si sospechaba que no lo había hecho o que le mentía, me arreaba tal sopapo que me tiraba al suelo…
De hecho, RM sólo me dio dos abrazos y un beso durante aquel año. Por lo demás, si me tocaba, era para pegarme. El primero fue en diciembre, por mi cumpleaños; me llevó a un rincón apartado de los demás, me regaló un libro y una sudadera y aplastó mi cuerpecito imberbe contra el suyo, que parecía un tanque. La segunda vez, la última noche que lo vi.

  • RM: Puede que mañana no me encuentres, chico – me dijo, frente a mi portal.
  • Yo: ¿Ha pasado algo?
  • RM: Asuntos pendientes. Cuestiones de honor. Me toca ser un hombre y no una maricona. Pero puede que no lo cuente.

Me asusté. Pese a que nunca me llevaban con ellos a sus “cacerías” -RM sólo me “instruía” en la teoría; decía que era aún muy joven para la práctica-, yo sabía lo que había. Ya había visto las magulladuras y cortes en los otros muchachos y en el propio RM. Pero esa vez me entró verdadero pavor.

  • Yo: No quiero que te pase nada – le dije, lívido. Me abofeteó.
  • RM: ¿Qué te he dicho sobre esas mariconadas? – rompí a llorar.
  • Yo: ¡No, joder! – lo abracé. Pensé que me daría una paliza y me daba igual. Pero no lo hizo. Correspondió el abrazo.
  • RM: Hijo… perdóname – me dio un beso en la mejilla y me abrazó con fuerza.

Efectivamente, después de aquella noche no le volví a ver. Carlos, uno de los muchachos, me llamó para contarme que lo habían matado.
Yo intenté mantener el contacto con los demás, pero RM les había dado órdenes expresas de que pasasen de mí, si el moría, y así hicieron.
Y aquél fue el fin.

Más de diez años después, aun no sé cómo pude pertenecer a una banda de neonazis. No comparto ni defiendo esa ideología ni mucho menos la violencia. Sin embargo, no me arrepiento… aquella última noche, frente a mi portal, tuve durante unos segundos el corazón de ese hombre en mis manos y supe lo que significa tener algo parecido a un padre. Y todavía le quiero y le echo mucho de menos.

RM, nos veremos en la otra vida o de nuevo en este mundo, también conocido como el infierno. Espero que, para entonces, no me hayas olvidado.

KDLevin