• Por favor…

 


 

Linda era una chica fuera de lo común; se notaba al poco de hablar con ella. Sin embargo, nos hicimos amigos suyos en poco tiempo. Nosotros, que habíamos hecho grupo desde el jardín de infancia, llevábamos una vida algo monótona y, por ello, estábamos abiertos a un toque de diferenciación.
La habitación de Linda era, eso sí, de lo más tétrico; olía a incienso raro, como de claustro, y siempre mantenía una vela encendida. Aun recuerdo aquella tarde que nos dijo que podía comunicarse con los muertos. Todos nos reímos, pero en el fondo sentí un no-sé-qué que me dejó descolocado…

  • Una vez sentí miedo de verdad -nos confesó en voz baja- volaron las cartas de la mesa, pese a que la ventana estaba cerrada y no soplaba el viento, y sentí que una voz me decía desde atrás: “Déjalo, niña… o lo lamentarás“.

Al principio a todos nos daba cierto morbo y nos hacía gracia el vínculo de Linda con el ocultismo, pero poco a poco nos dimos cuenta de que algo no iba bien.
La chica tenía una verdadera obsesión; leía libros sobre espiritismo, tenía distintas barajas de tarot, decía que estaba aprendiendo a leer las palmas de las manos…
No fue, no obstante, hasta una noche en que su padre no estaba en casa que todo se descontroló.
Al ver el tablero no debí sorprenderme, teniendo en cuenta las ‘aficiones’ de nuestra nueva amiga, pero me sentí inquieto. Y Linda parecía especialmente nerviosa.
Conformamos un círculo, en torno al tablero, y todos, apoyando cada uno una mano en el triángulo, guardamos silencio. Entonces Linda habló: “Si hay alguien que pueda oírnos, que se manifieste“.
Nada. Dos colegas se echaron a reir, pero Linda, visiblemente intranquila, les mandó a callar.

Si hay algún espíritu que pueda oirnos, por favor… manifiéstate
De repente el triángulo se movió. No hubo risas, todos nos quedamos de piedra.
No apartéis la mano del triángulo“, nos ordenó Linda.
Mamá, ¿eres tú?
Todos observamos a Linda, que había empezado a temblar.
¿Quién eres?
Una sensación desagradable se apoderó de la habitación.
No quiero hablar contigo, quiero hablar con mi madre… ¡Mamá, mamá, por favor, contéstame!
¡Me voy a casa!“, dijo Lucía, que ya se había puesto en pie de un salto.
¡No rompáis el círculo!“, le gritó Linda, desquiciada. “¡Mamá!
El triángulo empezó a moverse rápido, yendo de una letra a otra. Lucía empezó a llorar y Jaime gritó, “¡Linda, para esto!
¡Quiero hablar con mi madre! ¡Déjame en paz!
Entonces, aun no sé cómo, el tablero salió disparado contra la pared. Todos gritamos y salimos corriendo. Sin embargo, antes de abandonar la habitación miré hacia atrás. Linda se tapaba la cara con ambas manos, sollozando.

  • Por favor… mamá, ¿por qué me dejaste?

 


 

Aquella fue la última vez que la vimos. No volvió al instituto y, al poco tiempo, nos enteramos de que su padre y ella se habían ido de la ciudad. Corrieron todo tipo de rumores y, finalmente, descubrimos que hacía dos años que la madre de Linda se había suicidado de una sobredosis.
Han pasado cinco años desde entonces y, si recuerdo el suceso, es más con tristeza que con miedo. Ahora entiendo que lo único que Linda quería era comunicarse con su madre y preguntarle, desde su desesperación, porqué.
Aunque he de reconocer que la imagen de aquel tablero de ouija, estrellándose por sí solo contra la pared, sigue volviendo a mí en mis pesadillas.

Y me llena de pavor.

KDLevin