Serían poco más de las 6 cuando desperté. El silencio era maravilloso. El cielo lucía ese extraño color indefinido, que surge cuando ya no es de noche pero tampoco de día.
Estoy vivo“, pensé. Sentía algo de frío, pero me gustaba. Caminé unos pasos y me detuve. A lo lejos, el sol empezaba a despuntar, y un rayo dorado acarició mi rostro.
Estoy vivo“. La emoción se apoderó de mí; las lágrimas inundaron mis ojos y tuve que taparme la boca con las manos para reprimir un sollozo.
Cinco metro atrás yacía mi cuerpo. Los ojos en blanco; la piel seca; un trozo de cuerda en torno al bíceps y una aguja enterrada en el antebrazo.
Nunca me había sentido tan vivo como en ese momento. Tan libre.
Finalmente, dejé que las lágrimas corrieran y empecé a caminar hacia el sol.

KDLevin