Odio 

No puedo decir que mi padre fuera un buen hombre. No puedo, al menos, decirlo de corazón. Fue de la clase de persona que no se eleva a partir de la adversidad, sino que se deja consumir en el fuego lento de la amargura. Y la amargura, como si de un veneno se tratase, va aniquilando todo lo hermoso de un ser. Mi madre decía que no siempre había sido así; no había habido sombras antes del accidente que le invalidó las manos, quebrando al instante su carrera como concertista. No tantas, por lo menos.

Siendo yo pequeño, a la gente le sorprendía que mi padre no intentase siquiera inculcar el amor por la música en mí. “Qué curioso… suele ocurrir a la inversa. Los oficios van pasando de una generación a la otra”, solían comentar. Pero no. De hecho, en mi adolescencia llegué a odiarla con tanta fuerza que todo cuanto escuchaba me molestaba, como si de un taladro en los tímpanos se tratase.

Por eso, cuando, teniendo yo 27 años, falleció el hombre y me dejó en herencia su arpa, creí que el resentimiento me haría perder el sentido. Incluso tuve que apoyarme contra la pared, mientras el abogado leía el testamento. La vista se me nubló.

  • Hijo de puta – pensé – hijo de puta, hijo de puta…

Era una burla. Un último acto de crueldad. Seguro que me estaba mirando desde el otro lado, riéndose de mí.

  • ¡Qué cojones voy a hacer yo con esto!

 

Determinación

Cientos de ideas cruzaron mi mente respecto del instrumento; hacerlo añicos con un hacha… quemarlo… tirarlo por la terraza, para que se estampase contra el asfalto… cagarme en él… al final, lo dejé abandonado, a merced del polvo y de las telas de araña, en el trastero.

  • ¿Por qué? – no dejaba de preguntarme – ¿Por qué, viejo? Sabes que nunca me interesó la música; que la odiaba; la odiaba a ella porque te odiaba a ti. Entonces, ¿por qué?

Más de una vez me sorprendí a mi mismo, llorando en silencio, con la mirada fija en el arpa. Un día, sin embargo, algo desconocido se apoderó de mí. Entré al trastero, me acerqué al instrumento y pulsé una cuerda. Después, otra. Así, una a una, recorrí la tesitura de sonidos de aquel mamotreto. Y ocurrió:

  • Viejo – dije en voz alta, hacia el vacío – voy a aprender a tocar esto. Voy a tocarlo y, es más, lo tocaré bien. Sé que me lo dejaste porque pensabas que era un inútil; porque nunca tuviste fe en mí. Te voy a demostrar que te equivocaste.

Cinco minutos más tarde me vi frente al ordenador, escribiendo en Internet: “clases de arpa para adultos”.

 

Paz

Han pasado algunos años desde entonces. Muchas partituras. Y aun muchas más horas de frustración; de ensayo y de error; de perseverancia… y de una satisfacción que nunca pensé que llegaría a sentir. Cuando el ‘tempo’ y la armonía jugaban a mi favor, era como si los planetas se alineasen; como si el mundo entero se callase, para que la vibración del sonido llegase al infinito. Fue así, con el transcurso del tiempo, como lo entendí: mi padre no quiso hacerme daño con aquella herencia, sino invitarme a descubrir por mí mismo la magia de tener un instrumento en las manos y hacer música con él. Sólo quiso resarcirse.

Hoy, los de la orquesta amateur del centro cultural daremos un concierto. Cuando tenía 27, desde luego, nunca lo hubiese imaginado. Pero hoy, mirando este mamotreto, con sus cuerdas y sus pedales y su aire majestuoso, ya no siento odio; me invade la paz.

Viejo, ojalá la música que tocaremos esta noche llegue hasta ti. Ojalá hayas recuperado esta paz que perdiste en vida y que hoy yo siento.

Ojalá que, al escucharme, sonrías.

Y una última cosa, papá: ¡Gracias!

KDLevin