I

Todo ocurrió deprisa, poco después de dar comienzo el curso escolar. Era octubre, el mes de las hojas que se empiezan a caer de los árboles; uno más para el bolsillo de la pereza. Yo me dejaba llevar como las hojas, aunque sin saber dónde se quedaba mi árbol o a cuánta distancia estaba el suelo. Me ponía zapatillas deportivas, cazadoras estilo vaquero y, ocasionalmente, me recogía el pelo en una coleta o moño. Todo por inercia. No había demasiado sentido en mi vida, recién cumplidos los 17 años.

Mis notas no daban para encender bengalas y lanzar al aire fuegos artificiales, pero eran lo suficientemente aceptables como para haber llegado cómodamente al segundo curso de un bachillerato de ciencias. Por aquel entonces, todos los de mi entorno entonaban la misma fatídica pregunta que tanto me incordiaba: “¿Qué vas a hacer después?
Qué vas a hacer después ¡Qué asco de pregunta! “¿FP o universidad?“, me interrogaban. “Pero, ¿a ti qué coño te importa?“, solía contestar yo.

Lo cierto es que un acontecimiento borró de golpe el tedio. La profesora de física llegó con aire serio y pálido a clase, una mañana, antes de soltar la bomba: “Carla Galán ha tenido un accidente y no podrá venir durante algún tiempo“. Carla Galán. Aquella niña me sacaba de quicio. La perfección de su flequillo castaño sobre sus ojos azules; la elegancia de sus piruetas en Educación Física; las buenas notas que sacaba siempre en todo -¡en todo!-; no podía soportarla.

No sé aún por qué, pero, al salir de clase, me las ingenié para averiguar en qué hospital estaba ingresada y decidí dejarme caer por ahí. Verla echada sobre esa cama, a través del cristal de la puerta, me llenó los ojos de lágrimas. Se me ocurrió que quizás no podría volver a realizar aquellas acrobacias que siempre le valían la matrícula de honor, y algo dentro de mí tembló. Me disponía a darme la vuelta y marcharme, cuando una voz me sobresaltó.

  • Hola -era su madre. La buena mujer parecía enormemente cansada, pero logró esbozar algo parecido a una sonrisa. Al fin y al cabo, me conocía de vista – Perdona, ¿tú te llamabas…?
  • Mónica -le dije. Me molestó lo frágil que se había oído mi voz. La sonrisa de la señora se amplió un poco.
  • Hola, Mónica, discúlpame. Soy pésima para los nombres. Carla se ha despertado de la siesta ya; si quieres, puedes entrar y estar con ella un rato.

Supongo que algo en mi mirada delató el profundo terror que sentía, por lo que la madre de Carla apoyó su mano en mi hombro.

  • Tranquila, hija. No ha sido tan grave después de todo. Parece que, con rehabilitación y paciencia, poco a poco podrá recuperar la movilidad.

No pude contestarle. Antes de darme cuenta, la señora me había guiado al interior de la habitación y, de repente, tuve los ojos azules de Carla topándose con los míos. Al principio, no pasó nada. Hasta que me sonrió. Y yo… bueno, yo, simplemente, me derretí.

II

¿Quién habló de tedio? ¿Quién mencionó la inercia, el aburrimiento? ¿Yo? Imposible. Aquel curso fue de todo menos aburrido.
Empecé a ir cada tarde a visitar a Carla. Al principio sólo hablábamos de nuestras cosas, pero al poco tiempo me pidió que le llevase los deberes de todas las asignaturas, para hacerlos juntas.

  • ¿No te encantan las matemáticas? -me preguntó una vez. La pregunta en cuestión me hizo reír sonoramente.
  • Hombre, pues no. Es una asignatura más. Un coñazo más. Estudio, hago los ejercicios y apruebo, como con las otras.
  • Las matemáticas son especiales -me dijo, sonriendo- Son un reto… yo las encuentro muy entretenidas.

Como no podía ser, desde aquella maldita tarde no pude ver las matemáticas como lo había hecho siempre. Comencé a interesarme especialmente por ellas y me sorprendí a mí misma sacando las mejores notas de la clase.

Entre sus padres, la propia Carla y yo logramos que el Instituto accediese a que la chica realizase los exámenes a distancia, bajo la vigilancia de algún profesor voluntario. La tarea fue incluso más sencilla cuando le dieron el alta del hospital y pudo irse a casa.

  • Tendré que pasar varios meses yendo a rehabilitación, pero al menos no perderé el curso. Y, en gran parte, es gracias a ti -me dijo un día. Me ruboricé como una tonta y durante un rato estuvimos en silencio. Fue entonces cuando llegó la pregunta que durante tanto tiempo me había incordiado- Por cierto, ¿qué vas a hacer cuando acabe el curso?

Por primera vez, estaba deseando responder.

  • Matemáticas. He decidido que estudiaré matemáticas en la universidad -Carla se echó a reír.
  • ¿En serio? ¡Pero si una vez me dijiste que te parecían un coñazo!
  • Ya… pero, gracias a ti, ahora las veo de forma diferente… lo veo todo de forma diferente, la verdad.

Bajé la cabeza, pero sentí la mirada de Carla clavada en mí. Cuando tuve el coraje de reencontrar sus ojos, vi que había lágrimas en ellos, aunque siguiese sonriendo.

No supe qué decir. Sólo quería acercarme a ella.

  • Mónica -dijo, al fin.
  • ¿Qué?
  • Te quiero

III

Las matemáticas de la universidad no tienen mucho que ver con las del instituto. A veces me sentía como en un episodio de La Dimensión Desconocida o de Stranger Things. Otras, como si hubiese viajado desde La Tierra a Marte. Lo peor de todo es que Carla ya no estaba en mi clase. Ni siquiera estudiamos en la misma universidad.

Hoy me gradúo. Mis compañeros de estudios se alegran de haber terminado por fin este recorrido tan particular. Yo me alegro porque, entre el público, lleno de familiares y amigos, está ella. Ya no hay flequillo perfecto; ya no puede hacer las mismas piruetas que antes. Pero esos ojos azules siguen ahí, sacándome de quicio.

Y este día de felicidad se lo dedico a ella.

KDLevin