Pienso en la electricidad, cuando veo levantar el brazo al mendigo que pide dinero en la carretera, cerca de mi casa; cuando deseo volar, para subir a lo alto de las torres de alta tensión de las afueras y contemplar desde ahí el crepúsculo; cuando sueño que me desintegro en átomos, para no volver a reconstruirme nunca más…

Nunca podré olvidar aquellas palabras. Todo el mundo, incluida la profesora de lengua, se quedó en blanco cuando la chica del flequillo leyó sus deberes en voz alta. Al final de aquel día todos lo habían olvidado. Todos menos yo.

  • Me ha gustado mucho lo que has escrito – le dije, intentando que mi voz sonase adulta. Ella levantó la cabeza de sus libros y me miró durante algunos segundos.
  • Gracias – contestó, para luego añadir… – pareces triste.

Lo estaba. Sentí que lo que me ocurría era algo más que un drama adolescente. Había tomado decisiones basándome en lo que iba a hacer otra persona que ahora pasaba de mí. Me sentía desolado, perdido.

  • ¿Sabes? – me dijo, después de contárselo – Alguna vez me he preguntado en la electricidad que genera un corazón al romperse. Todo es electricidad.

Empecé a interesarme por aquella chica. Patricia, se llamaba. La observaba en el laboratorio, mientras ella miraba a través de la ventana un punto que yo no lograba situar en el paisaje.

Pese a que no nos juntábamos con la misma gente en los recreos, me fijé en que no solía hablar mucho. Eso sí, sus notas eran impecables. Digamos que, cuando todos sacábamos un 6, ella sacaba un 10. Todo se le daba bien.

Pronto descubrí que había llegado al instituto recientemente y que estaba repitiendo el curso. Es decir, tenía un año más que yo. Al ser tan reservada, corrieron rumores sobre ella al principio, pero, poco a poco, la gente dejó de murmurar.

  • ¿Cómo lo llevas? – me preguntó, de repente, un día al acabar las clases. Dado que no habíamos hablado desde que leyó su redacción, me sorprendió bastante que se hubiese acercado a mí. Lo cierto es que la chica era muy guapa; parecía una modelo, pero no aparentaba creérselo en absoluto – Quería saber si te apetecía que comiésemos juntos o que fuésemos a tomar un café.
  • Ehm… vale – acerté a decirle. Entonces la vi sonreír por primera vez – Claro que me apetece.

II 

  • Me gustaría estudiar ingeniería eléctrica en la universidad. O, tal vez, literatura. No lo tengo claro aún – según me lo contaba, no pude evitar reírme – ¿Qué pasa?
  • Nada – le dije, conteniéndome – en realidad podrías estudiar cualquier cosa. Ya querría yo tener tus notas.
  • ¿Y tú? ¿Qué quieres hacer al acabar el instituto?
  • No sé… quizás estudie química.

El sol empezaba a caer y desde la colina del parque la vista era bonita. Patricia miraba de vez en cuando en dirección a las torres de alta tensión, a lo lejos.

  • Mi madre solía decirme que todo era electricidad – dijo, rompiendo el silencio. Yo le sonreí.
  • Claro, de ahí salió lo que escribiste para clase de lengua, ¿no? – tardé un rato en darme cuenta de que se le habían llenado los ojos de lágrimas. Por algún motivo no me atreví a preguntarle porqué. No pude siquiera seguir mirándola; presentía que, si abría la boca, diría algo inapropiado.
  • Creo que, cuando un corazón se rompe violentamente, se produce energía eléctrica suficiente para dar luz unos segundos a toda una ciudad. Pero, claro, nunca lo podré probar científicamente…

Poco después me vi abrazando a una chica hecha un mar de lágrimas y sollozos, en la colina del parque.

III

Cuando terminamos el instituto y cada uno marchó rumbo a la universidad, Patricia y yo perdimos el contacto. Lo último que supe de ella fue que la habían admitido en la Escuela Politécnica.

Aquella tarde, en el parque, me había contado que su madre, que había sido profesora de física, padecía una especia de esquizofrenia poco común. Un buen día, había dejado una carta para su hija en la que le decía que se iba a investigar el origen de las partículas, más allá de la materia, y se había suicidado. Así, sin más.

Por eso Patricia había perdido un curso escolar y había cambiado de instituto.

En días como hoy, cuando, saliendo del laboratorio, levanto la vista y veo colores en el cielo similares a los de aquella tarde, viene a mi mente también el recuerdo de aquella chica. Y entonces, inevitablemente, yo también pienso en la electricidad.

KDLevin