• Yo he venido a este mundo para aportar algo – pensó, mientras daba el primer sorbo a su copa de vino.

Pese a ser invierno, la temperatura era suave, apenas fresca. La luna, casi llena, brillaba, bañándolo todo con un blancor místico.

Gato había sobrevivido hasta aquel viernes por la tarde. La semana había sido dura, pero por fin estaba solo en su casa.

Al llegar, no había encendido las luces; se había sentado en el sofá de su pequeño salón, había cerrado los ojos y había disfrutado del silencio durante un rato.

Después encendió la linterna del móvil, se dirigió a la cocina y se sirvió esa copa de vino.

Ya en la terraza, contempló el firmamento de neón e imaginó, más allá de la contaminación lumínica y atmosférica, un tapiz de astros resplandecientes.

  • Al menos puedo ver la luna.

Por unos segundos, Gato sintió ganas de sonreír sin motivo aparente, aunque en realidad sí que había una razón: aquello era vida.

Apoyado en la pequeña terraza de su pisito de alquiler, cubierto por una manta, con una copa de vino tinto en la mano, bajo la luna y en medio del silencio. Eso era la paz para él. La felicidad.

  • Yo he venido a este mundo para aportar algo. Aún no sé el qué… pero algún día lo descubriré y entonces todo habrá tenido sentido. Mientras tanto, pienso disfrutar de momentos así siempre que se pueda.

En efecto, Gato saboreó cuanto pudo aquel instante eterno.

KDLevin