Gato nunca había imaginado su vida adulta como una fiesta y mucho menos se había visto a sí mismo como ‘el alma’ de ésta. A veces recordaba las tardes en casa de su madre, cuando era niño, viendo una película tras otra. Cómo le gustaban las de Sylvester Stallone. Pese a que Gato no era muy dado a la reflexión sobre su inconsciente, sabía que algo de eso le había marcado.

  • Eso es lo que soy… un halcón nocturno – pensó.

La paz y la felicidad que había sentido algunas noches atrás se habían esfumado. Esta vez le habían obligado a librar. Quizás por eso se había echado en su sofá, algo nervioso inexplicablemente, sin saber bien qué hacer con su ‘inesperado’ tiempo libre.

  • Chico, míralo así – le había ladrado su coordinador – tomas las libranzas que te corresponden por convenio o te vas a tomar por culo, pero no vas a crearle a la empresa un desequilibrio de cara al cierre del ejercicio.

Gato, cuando no atendía el teléfono para prestar asesoramiento legal al imbécil de turno, era un tipo de pocas palabras. Sin embargo, le hubiese soltado un “Váyase usted a tomar por culo, soplapollas” a su jefe de muy buena gana. El problema es que el alquiler de su pequeño loft no se iba a pagar por arte de magia y él lo tenía claro.

Sonó el teléfono y el timbre no hizo sino ponerle aún más nervioso; no le gustaba que le llamaran. De hecho, últimamente no le apetecía nada que tuviese que ver con el resto de la gente.

  • Hola, hijo – sonó la voz de su madre. Gato no pudo evitar resoplar.
  • ¿Qué tal, mamá?
  • Bien, cariño. ¿No sales? Deberías aprovechar que te han dado la noche libre.
  • Mamá… – Gato sabía que iba a comenzar la misma perorata de siempre y aquella noche no tenía demasiada disposición.
  • Sólo te digo, hijo, que no vas a volver a tener 27 años; sal, haz amigos, búscate una novia o un novio… ¡a este paso acabarás aislado y más solo que la una!
  • Oye, mamá, perdona, me pillas un poco liado ahora, mañana te llamo – colgó.

Lo que más me jode es que en el fondo tiene razón“, se dijo a sí mismo, con el teléfono todavía en la mano. “Da igual… voy a abrir una lata de cerveza y a ver Cobra“. No obstante, aquella noche algo nuevo surgió en la mente de Gato; un pensamiento que le hacía sentir muchas cosas al mismo tiempo: “Esto tiene que cambiar“.

  • Joder, mamá. ¿Por qué coño habrás tenido que llamarme? – dijo, de repente, en voz alta, aunque sabía que, desde el otro lado de la pantalla, Stallone no le iba a dar una respuesta – lo que pensé hace algunas noches es cierto; sé que he venido a hacer algo a este mundo y tengo que averiguar qué. Si no, me parece que acabaré pudriéndome en vida.

This is where the law stops and I start“, sentenció Stallone desde la tele. Gato apuró su cerveza.

  • Tengo que pensar.

KDLevin