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Anticristo

I

¿Cuál es el origen del mal? ¿En qué momento nace, exactamente?
Llevo todo el día pensando en ello.

Hoy no fui a trabajar.
Al entrar en el bar, esta mañana, me dieron igual las miradas.
Mixto con huevo y vino tinto“, ordené. Es infrecuente desayunar con vino, pero anoche, cuando la mano izquierda de mi marido golpeó mi cara con tanta fuerza que me hizo tropezar y chocar contra la pared, supe que nada volvería a ser convencional.

II

¿Cómo y cuándo, con precisión, se cruzan los cables en una mente?
La mirada tras aquel “Sí, quiero“, de hace algunos años -no demasiados- nada tuvo que ver con lo que había en sus ojos anoche. En ellos, si fuese creyente, diría que moraba el Anticristo.
Tardó algunos segundos en reaccionar, volver en sí… “Mi amor, perdóname… no sé qué me ha ocurrido… no volverá a suceder“. Y llegaron las lágrimas.

Hoy, paseando por la ciudad, recordé cosas que hacía mucho que no rondaban mi pensamiento. Como mi madre o, mejor dicho, su cadáver. Cómo lloró mi padre en el velatorio y durante el entierro. Todos comentaron, “Qué marido más devoto. Ese hombre nunca logrará reponerse“.
Nadie imaginó siquiera que él, con sus lágrimas de cocodrilo, fue quien la mató.
No volverá a suceder“. Cuántas veces se lo diría a mi madre.
Y, un buen día, el corazón de ella dejó de latir.

III

Esta mañana opté por maquillarme, aunque sin cubrir ni el cardenal en la mejilla ni el labio roto; vestirme de forma elegante y calzarme mis mejores tacones. Decidí desayunar vino y pedir ostras y champagne en la comida. Una rutina completamente fuera de lo común.
Después volví a casa y esperé a mi marido, sentada en el sofá.
Voy a prepararte una cenita de lo más especial, mi vida“, me dijo sonriendo. Es curioso, pero diría que, cuando el cuchillo penetró su carne por primera vez, él ya se lo figuraba.

Una vez que divisas al -llamémosle- Anticristo en unos ojos, no puedes dejar de verlo. No sé cómo ni cuándo ni porqué surge la maldad, pero, después de hacerlo, no desaparece. Se queda. Crece. Arrasa.
Hay respuestas que nunca obtendré, pero nunca quise seguir los pasos de mi madre.

Que vuelva a la oscuridad lo que a ella pertenece.

KDLevin

Oración de los perdidos

¿Podría yo clamar a ti, desde este lugar ajeno al sol?
¿Podrías tú mirar mi cara sucia, mis manos negras y mis rodillas magulladas?
¿No me darías la espalda, si no me la has dado ya?
¿Podrías ofrecerme tu mano, desde el otro confín del universo?
Desde allá, donde, junto a ti, habitan los puros y los rectos.

A mí, que hice de mi lengua una serpiente ondulante,
para recibir en ella la ardiente descarga de tu hijo descarriado.
A mí, que blasfemé, bailando en torno a él,
desnudo, con los ojos desorbitados; obsceno, trastornado.
A mí, que he escondido la maldad tras ésta, mi imagen de ángel.
A mí, que soy consciente de todo cuanto ahora expreso…
¿Podrías no abandonarme?
¿Acaso hay sitio en tu corazón para los que son como yo?
¿Para las bestias y las alimañas?

A ti, que moras allá, tan lejos de mi cloaca, te ruego:
hazme sentir que aún hay tiempo para la redención.

KDLevin

Mi fealdad interior

Siempre deseo lo que no tengo, pero a veces me alegra no haber tenido ciertas cosas.
Por ejemplo, aunque no te imaginarás cuánto lo he ansiado, me alegra no haberte tenido a ti. En mi cama. En mis brazos. En la palma de mi mano.
Sé lo que hubiese ocurrido después.

Sé que, pasado el éxtasis, me hubiese levantado, vestido y marchado de la habitación.
Sé que, si hubieses esperado algo más, te habría destrozado. Con tus lágrimas me habría lavado las manos.
Sé que no quieres ver más allá de esta sonrisa seductora y descubrir lo que es un falso cordero.

Es mejor para mí guardar las apariencias y para ti, no abandonar tu zona de confort.
Lo sé.

Siempre deseo lo que no tengo, pero me alegra no haber tenido ciertas cosas. A veces dudo, pero entonces me acuerdo de mi fealdad interior.

KDLevin